Mostrando entradas con la etiqueta destellos de oscuridad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta destellos de oscuridad. Mostrar todas las entradas

miércoles

Yo no quiero ser la Cenicienta


Así que,
esta noche no te vuelvas cuando nos despidamos, déjame ver cómo te alejas.
Déjame anhelando un mirada, un guiño en tu perfil o un algo que no sé y que nunca llega.

Esta noche, cuando sea demasiado difícil estar juntos, ni te acerques en la distancia.
Déjame ir, con las ganas y el vacío, con las calles hechas un garabato entre las manos.

Déjame sola, a la orilla de mi almohada. Déjame que me atormente en la oscuridad de mi casa, que me pregunte cien mil veces por qué te conformaste con el adiós, por qué no susurraste que me quedase, que adónde creía yo que me marchaba.

Déjame que las lágrimas me perlen las pestañas y que la fiebre me cierre los ojos. Mañana, nuevo día, entenderé que no puedo llamarte, que no vinimos hasta aquí para tenernos.
Y romperé el recuerdo de esta noche que ya viene, en la que te marcharás y yo veré cómo lo haces.


lunes

Mi calle


La ciudad ya es azul a estas horas,
un azul trufado de ventanas amarillas,
como una tregua de guirnaldas
que tintinean en mitad de la espesura.
El asfalto brilla
con el frío que le ha caído encima.
Un vagabundo dormita en los soportales,
cada noche cambia de nombre
y acaricia sus manos agrietadas,
bajo la pana.

Los pocos que pasean son desconfiados.
A veces se ajustan la bufanda,
o carraspean,
por hacer algo que no sea el silencio.
Y las horas caen como melaza,
tan espesa,
por el perfil incunable de la noche.

Los coches pasan como locos
y los gatos se acurrucan en cualquier rincón
indiferentes.
Son la muestra del fútil devenir
al que diariamente estamos arrojados.
La insolencia se hacina en todas partes
porque mil crímenes se estarán cometiendo
en algún lugar, justo aquí,
en mi calle,
mientras el frío hiela árboles,
semáforos, aullidos, estaciones.



sábado

Mi oscuro pasajero


Esos días que aborrezco vivir


La vida es asfixiante, en las últimas horas me he preguntado no sé cuántas veces por qué hay tanto optimista en este mundo. La verdad, no lo entiendo. Mis momentos de felicidad se limitan a extractos del día de los que, incluso, reconozco su placer cuando ya han transcurrido, cuando ya no están. No sé valorarlos en el momento en que los vivo, estoy viviendo un continuo feedback y dudo ser la única. El resto del tiempo es inerte, vacío de emociones, lleno de trivialidades que no aportan lo más mínimo. Ocupamos la vida con gilipolleces y después viene un golpe, una noticia, un hecho dado, algo que te saca del andrajoso camino de la rutina y ¡PUM! Descubres que estás viviendo a golpes de miedo, de rabia. Por el resto de tiempo de supuesta “felicidad”, de tranquilidad, de libertad, no has hecho más que estar, que existir. Qué pena que justamente sean esas las sensaciones más verosímiles que has sentido en las últimas semanas.

En ocasiones me repugna la vida, ésta. Desearía no sentir lazos emocionales, volar como espíritu libre y experimentar más allá de toda frontera. Si eso fuese así os aseguro que quizás habría cambiado hasta mi nombre. Pero los lazos nos unen, nos atan, nos mantienen presas de lugares, de personas. Y (¡Qué indignación!) yo no me siento nadie sin esos lazos emocionales que dan raíces a mi loco y descarriado devenir. Sé muchas cosas de mi, pero no sé quien soy en realidad. Sé qué haría, si pudiera. Pero no sé qué hacer ahora mismo. Soy la sombra de mis sueños, la huella indeleble que deja impregnados los objetos personales, pero pasa desapercibida a la vista de un cualquiera. Estoy en este mundo creando otro más propio y no me gusta, no. Yo quiero ver la totalidad, quiero el rojo horizonte una y mil veces como si fuera siempre nuevo. Y el llanto indiferente de la gente a mi alrededor. Suena duro, lo sé. Ser más cabrona, quizás se resuma en eso. Ser y no ser a medias tanto.